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jueves, 16 de agosto de 2007

Se me caen los sombreros

Cuento

¡Se me caen los sombreros! Mira que llevo al menos quince y equilibrarlos sobre mi cabeza es difícil… difícil y agotador… difícil y espeluznante… difícil y adictivo. Hago equilibrio, aguanto el sueño y hasta me aguanto de los zumbadores curiosos que se me acercan para libar de las flores que crecen entre uno y otro sombrero. Por ratos debo detenerme y aguantar con ambas manos la pila de sombreros para que no se ladee y me carcome la curiosidad cuando escucho las voces que me gritan desde la orilla del camino. No puedo mirar a los lados, no puedo mirar hacia abajo, no puedo ver al cielo ni ladear la cabeza en signo de pregunta para comprender la millarada de personas que se me adentran por los ojos al cruzarme con sus espíritus en el camino.
Los días y las noches se distinguen unos de otros sólo por la luz, o la ausencia de ella, y el pare de negros e inciertos caminos que me amedrentan. Nadie usa sombreros ya. Hace siglos que no logro vender uno y la carga ya me está pesando. Se multiplican los sombreros y yo sin venderlos. Se multiplican y ni siquiera puedo regalarlos porque la gente rehúsa tomarlos cuando me les planto al frente y les suplico que me liberen de esta carga de sueños y de esperanzas verdes que se me acomodaron un buen día en la cabeza e hicieron de ella su nido. Son sombreros preciosos, alegres unos, extravagantes otros, algunos tienen una rebeldía que se deja ver en la mezcla de colores y otros son perfectos para días de duelo y de rencores turbios.
Ya ando desnuda debajo de tanto sombrero, cintas, tules, tejidos, flores y revuelos de hadas desorientadas que se quedaron enredadas en este bosque inaudito de cabezas ausentes. Veo los árboles que se alinean a lo largo del camino que se me presenta a los ojos como una serpiente de curvas abiertas e invitadoras. Son árboles risueños que se agitan entre gritos y risas que apenas distingo de los míos. Desnuda y sola, con un infinito mundo sobre mi cabeza, cargo en mí los gritos y risas que lo llenan todo. El túnel de árboles es un reto. ¿Cómo llegar al otro lado de este camino, pasar este túnel y no perder un pedazo de mi infinita carga de sombreros?
Me aliso la piel, me peino las cejas, con cuidado, claro, para no desbalancear los sombreros, palpo mi carterita de ganancias (ya apenas quedan reales en ella) y me apresto a balancear mi carga para no dejarla enredada en las ramas de los árboles.
Con el rabo del ojo veo los celajes que se mueven de un árbol a otro y me da miedo. Son pequeños, rápidos y ruidosos. ¿Quién se ríe ahora? A mí se me espantaron las risas que atesoraba como compañeras de viaje y sólo me quedan ganas de correr para pasar de este trance lo más rápido posible. Hasta acabo de sentir una pequeña manita que me rozó una oreja.
Manos, manitas, piecesillos y ojillos traviesos. No sé si los veo o los intuyo porque no puedo agitar la cabeza. Se me caen los sombreros, y eso no lo puedo permitir. Caminar, caminar más rápido. Es lo que debo hacer. Pasos gigantes, pasos que dejan una torre de sombreros alcanzando mi cabeza para no quedarse atrás. Pasos, pasos, pasos…
Al fin, con el corazón en la boca, veo que se acaban los árboles y que estoy a punto de salir de esta tortura, de estos celajes malévolos que me han venido rodeando por un gran trecho del camino. Los sombreros, mis sombreros, los hijos de las noches y los días de entretejidas luces ajenas, son mi carga, son mi destino, son lo que de momento soy sin ser nada en la desnudez de mi propia carne. Ah suspiro, siento que dejo atrás el miedo de este trecho de camino y hasta se me aliviana el corazón que trotaba azorado entre las ramas arqueadas y acezantes de los árboles inquietos. Debieron ser fantasmas, espíritus inquietos, pequeños duendes aburridos con la soledad del camino que decidieron entretenerse con esta pobre vendedora de sombreros que ya no tiene sino camino y carga para llenar sus días. Ah suspiro, suspiro y suspiro. ¿Qué tal será vivir el mundo más allá de la postura rígida y la torre infinita de sombreros?
El silencio me sorprende. Me sorprende la ausencia de tintineos de adornos y de los retozos de las hadas. Me sorprende la lejanía de las risitas y aleteos que me acompañaban entre tules y cintas. Me sorprende la brisa y la liviandad de… estoy petrificada. No me atrevo a tocar mi cabeza. No me atrevo a moverme para que no se me caiga mi amada carga. Detenida, con los brazos estirados a los lados de mi cadera me ordeno moverme, girar poco a poco sobre mí misma y vencer el eterno miedo de mirar hacia atrás para ver el camino que acabo de recorrer. Giro, poco a poco y voy cerrando los ojos temerosa de ir en contra de las reglas, en contra del futuro, en contra de mí misma.
Abro los ojos y la boca se aprovecha del impulso para dejar escapar un grito. Los árboles están moviéndose, moviéndose sobre sí mismos, moviéndose entre sombreros y tules, entre flores y esperanzas que se esparcen entre sus hojas para ocultarse de mí y veo por fin a los celajes que me rodearon en mi camino y que se entretienen jugando entre sí, colgando de sus colas y sus pies, felices e inocentes simios, que me ignoran por completo para distribuirse su botín de curiosidades.
Poco a poco levanto mis manos para tocar mi cabeza y la descubro libre.

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